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Centro Cultural Borges: "Ojo por Ojo" , Noviembre 2005

Erik Adriaan van der Grijn nació en los Países Bajos y produjo sus desmesuradas obras en distintos puntos de Europa antes de radicarse en Nueva York y, más recientemente, en Buenos Aires. Inspirado a lo largo de su vida por su conciencia social y acicateado por un personal sentido del devenir histórico y la injusticia – a menudo ignorados o justificados- ha volcado sus sentimientos sobre vastos espacios- “muros”-como el mismo los denomina-pintados con la fiereza, y a la vez con el lirismo de la bicromía amarillo – negro para transmitir esa temática del dominio y la dominación.

El cadmio de sus amarillos y la densidad de sus negros con los que ha batallado durante tantos años a través de brochas, sprays, y los recursos del “Action Painting”, trasmiten conceptualizaciones universales como la concientización, el peligro y el conflicto que todos reconocemos. Sin embargo, en última instancia, Erik también se viste del optimismo que dispensan, en ocasiones, la sobria abundancia de rojos anaranjados y azules celestiales, símbolos de mejores tiempos que buscamos y anhelamos.

En la década de los sesenta, van der Grijn, conocido entre los jóvenes artistas plásticos como “Yellow Fellow”, pintaba el autodenominado “realismo de bordes duros”, ejemplificado en la pintura Las puertas del depósito del ferrocarril. Al limitar su expresión artística a líneas rectas y ángulos en una paleta de colores simple, buscó, según sus propias palabras, “por medio de la repetición de amplios campos ópticos de formas y contraformas crear un ritmo comparable al de una fuga de Sebastian Bach”.
Alrededor de los ochenta, su necesidad de expresión lo había llevado al expresionismo abstracto, un estilo que continuó hasta una década más tarde

 La combinación de lo abstracto-en su acepción de lo sentido pero no visible -y el expresionismo -a menudo plasmado literalmente en fotografiar y dibujos- cargaban con una obsesión personal de la época su propia vista.

Y aquí es pertinente referirnos al hecho de que perdiera la visión por completo durante un año luego del ataque de unos pandilleros en las afueras de Amsterdam, agresión que agravó su ya reducida visión al haberla perdido en uno de sus ojos, al nacer. Recientemente, la necesidad de expandir de nuevo su manera de “ver” el mundo-vuelve su obsesión con la vista-lo ha hecho plasmar, estos dos estilos asombrosamente diferenciados en uno solo.

Observar la obra de van der Grijn sin mayores explicaciones basta para sentir esta fuerza, aun cuando, a veces sea válido contextualizar sus origines. A principios de la década de los sesenta, van der Grijn fotografió en Irlanda, elevados muros pintados de amarillo y negro que a la manera de enormes carteles señalaban pasajes o tramos peligrosos a lo largo de una ruta. Con el transcurrir de los años los ha continuado pintando, con efectos de bordes duros y recurrentemente, en forma abstracta.

Casi cuarenta años mas tarde, en una pintura de 33 metros el artista continúa trabajando estas señalizaciones, ahora en su etapa de bordes netos-expresionista para reflejar el actual y peligroso tránsito, entre elementos extremistas, supuestamente religiosos que recorren el mundo, amenazando cualquier orden existente.